Libertines: el rock como todo escándalo.

La Black desmenuza la historia de una banda que resurgió luego de varios años de peleas y rencores. Un par de discazos, drogas, modelos, giras interminables y hasta Argentina aparece como punto clave en la fama de un grupo que nunca tuvo paz interior.

Si tenemos que hablar de una de las parejas más controvertidas en la reciente historia del rock inglés, además de nombrar a los hermanos Gallagher, es indispensable nombrar a Pete Doherty y Carl Barat, responsables de la creación de un bicho raro por naturaleza: The Libertines. Supongan que dos leones iracundos entran en una habitación cerrada con llave por alguien que está del otro lado… Hay un punto en el que, amistad aparte, se van a agarrar a los sopapos limpios. Relaciones de amor y odio como hace mucho no se veía en la escena británica.

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Narrar los sucesos que condujeron a la conclusión de que los Libertines son una especie de Pistols del nuevo milenio es más sencillo de lo que parece. Basta con recopilar eventos puntuales: Barat conocía a Pete por su hermana, Amy Jo-Doherty. Cuando ambos dejaron sus respectivos estudios (por cierto, eran pibes muy bohemios y cultos: teatro y literatura), decidieron ir a vivir juntos a un departamento icónico para ellos mismos. The Delaney Residance, la cual hasta tiene tema propio, fue testigo directo de ensayos, juntadas y hasta recitales llenos de excesos.

Sin sello discográfico y sin bajista y baterista fijos, el dúo dinámico se la jugó por John Hassall (ya lo conocían) y el moreno y simpático Gary Powell. Corría el año 2001 y el garage estadounidense, de la mano de The Strokes, lideraba las listas de los principales países. El hecho de que los chicos malos de Londres tocaran un estilo relativamente parecido (un poco más punks, más british) los llevó a ser teloneros de la formación liderada por Julián “Mantecol” Casablancas.

Con Oasis lejos de su época de esplendor, Blur a punto de separarse y los Arctic Monkeys aún sin existir, la prensa inglesa apostó todas sus fichas al cuarteto capitalino, aún sin haber sacado un sólo disco de estudio. Con apenas un sencillo (What a waste), la NME se rindió a sus pies y decretó: “son la salvación del rock”. Tal como los medios yanquis lo habían hecho con los Strokes. Misma receta, resultados no tan distintos…

El 2002 fue él momento top de los Lib. Up the bracket, su LP debut, es todo lo que una banda desfachatada inglesa debe tener: punk, garage, bardo, letras directas y recitales potentes y desenfrenados. El productor fue un rebelde con causa: Mick Jones, ex Clash. Aquí es cuando nuestro país entró en sintonía con esta historia. La tapa del épico larga duración es el retrato de unos policías en plena manifestación de Plaza de Mayo, la cual desembocó en la renuncia de De La Rúa. Nada es casualidad: Jones es un ingeniero en este sentido y sabía la situación que estábamos pasando, y esa presentación dio en el clavo.

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El éxito fue tan grande como el caos mediático: Doherty contrajo severos hábitos hacia las drogas duras y el alcohol, lo que lo llevó a ausentarse en varios shows durante gran parte de 2003. Lo musical se vio claramente eclipsado por este motivo, pero a su vez le daba rédito en las revistas sensacionalistas, las cuales estaban más pendientes de un nuevo escándalo que de un aporte netamente profesional.

A todo esto, el líder había formado un proyecto paralelo: Babyshambles, con influencias más orientadas al indie-rock que al sucio punk-garage. El colmo de los colmos se concretó con su arresto, a raíz del robo de instrumentos pertenecientes a Barat. Ya en una situación irreconciliable, la separación no se hizo esperar mucho más y en 2005 Libertines ya era historia. La “mejor banda de Inglaterra” había durado apenas 6 años y sólo tres con formación oficial.

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Ojo, antes de pegar el portazo sacaron al mercado la segunda placa, llamada también The Libertines. Fue también un fenómeno de ventas, pero coincidió con el ojo de la tormenta. Menos rabiosa que su primogénita, igual mantiene el espíritu jovial y desatado que caracterizó a aquella época dorada de los libertarios. Destaca What Katie Did, dedicado claramente a Kate Moss, ex pareja de Doherty. Todo giraba en torno a Pete, otra de las causas de la ruptura impostergable. Carl Barat fundó  Dirty Pretty Things, una especie de “Libertines pero sin Doherty”. Dato insólito: tuvo problemas legales con dos grupos que habían usado ese mismo nombre, ganando Barat y su pandilla en ambas ocasiones.

Pasó mucha agua sobre el río y una reunión efímera en 2010. Hasta que en 2014 se pusieron las pilas y volvieron con todo: luego de unos meses de limar asperezas, se metieron en el estudio y grabaron Anthems for Doomed Youth, por lejos su disco más maduro y prolijo a la fecha. Ya pasaron veinte años desde que la dupla estrella tocó por primera vez y sin embargo no llegan a los cuarenta pirulos de edad. Son unos viejos jóvenes, el agua y el aceite, el bien y el mal. Pero siguen juntos, por algo será. No hay vuelta que darle, así son The Libertines. Tómalo o déjalo…

Arctic Monkeys: el lado B de la última gran banda de rock

Cómo rompieron con los esquemas estipulados del mercado. El arte de decir que no a los grandes los llevó al lugar de hoy. Una cosa de monos. ¿Porqué ellos? ¿Por qué no?

Diciembre de 2001. Mientas las calles argentinas ardían de bronca y odio hacia De La Rúa, del otro lado del Atlántico, un pibe con acné y bastante tímido recibía un regalo que cambiaría para siempre el escenario de la música tal como la conocemos. A días de cumplir sus 15 años, Alex Turner sabía (sin saberlo) que ese mismo 25 de diciembre había comenzado a rodar una bola que se fue agrandando incesantemente. Ojo, sus viejos fueron clave en todo esto: lo sitiaron de información dese que era niño. Carpenters, Beatles, Zeppelin, Oasis. Ambos eran maestros, y él, (hijo único) su primer alumno.

Que queda claro: acá no vas a leer cantidad de discos vendidos, ni estadísticas que podés encontrar en Wikipedia. La razón del éxito de masas de Arctic Monkeys radica en tres puntos clave: la estrategia exquisita para encarar el mercado musical, la paciencia ante el avasallamiento de las grandes discográficas (cuando todavía éstas tenían una razón de ser) y, la más importante, el uso de internet para difundir canciones, algo inédito hasta ese entonces.

Influidos por bandas contemporáneas a su primera adolescencia, Alex y Matt Helders (baterista), quienes ya eran amigos desde la primaria, se convirtieron en los dos pilares de AM desde el inicio. White Stripes, Strokes e Interpol son los ejemplos más visibles de la movida estadounidense del famoso y odiable rótulo “Garage Revival”. Tampoco hay que olvidarse de sus compatriotas Libertines, quienes ya eran conocidos por sus escándalos dentro y fuera del los shows.

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Desde un principio, los Monos del Ártico demostraron ser los Robin Hood del rock inglés, etiqueta que ni a Blur u Oasis podríamos colocarle. Cualquier ser humano pensante (no está mal el supuesto que voy a elaborar) pensaría que cuatro chicos con granitos (Helders tenía un severo problema al respecto), con más noche que el Bambino pero con poco rodaje en vivo no podrían llenar ningún barsucho del norte de Inglaterra (Sheffiled, ciudad natal). Sin embargo, aún sin tener material oficial, utilizaron el siempre querido y respetado boca en boca (o mouth to mouth en este caso) para promocionar sus presentaciones.

The Boardwalk, una especie de Niceto, lucía lleno por lo menos dos veces al mes, lo que no pasó por alto en las libretas y reportes de los medios independientes de la región. Los carteles de “agotado” cada vez eran más frecuentes ya entre 2004 y 2005, época en la que lanzaron su primer EP, Five Minutes With Arctic Monkeys. Mas o menos ese fue el tiempo que tardó el disco en quedar Sold Out. Si bien era una edición limitado, la nula publicidad, experiencia y ayuda externa hacía imposible descifrar la fórmula del incipiente éxito zonal.

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Acá comienza la verdadera razón de todo esto. Los que crecimos con los CD piratas jamás hubiéramos supuesto que esa herramienta habría sido la clave para que el producto se mantuviera a salvo de las garras de las grandes empresas, las cuales han sido héroes en varias ocasiones y han sepultado a grupos que cedieron ante la presión. ¿Te suena Myspace? Entendiste todo, como lo hicieron los monos.

Tal vez la educación, los valores que los chicos tuvieron desde el cole, el tener convicciones y defender sus ideales por sobre el dinero les hizo ignorar los suculentos contratos que las peces gordos ofrecieron a lo largo de todo el 2005, año de “nacimiento simbólico” de AM. Tocaron en un escenario secundario del Rading Festival, recital clave y determinante para el cuarteto, al ser la primera exposición antes un público numeroso. La locomotora ya estaba en marcha y no había nada que pudiera detenerla.

La avalancha de propuestas era cada vez más asfixiante.  “¿Vieron que se puede tocar y agotar teatros sin que nos chupen la sangre? Aprendan, y no gasten el tiempo, busquen a otro” sentenció un Alex más maduro y seguro de sus palabras. Tenía apenas 19 años, y ya era líder de una generación que sólo tenía a unos Oasis decadentes en resurrección como abanderados nacionales. Pedían a gritos a alguien de su edad. Bueno, ya lo habían conseguido.

El primer sencillo (otro que se catapultó al toque) fue “I bet you look good on the dancefloor”. Cada noticia, track o insinuación de Arctic Monkeys era esperada por todos. El hermetismo y el culto que se habían generado no tenía precedentes en las últimas décadas. Haciendo fuerza, podemos acordarnos de los Gallagher, pero ellos contaron desde un inicio con una disquería grande. O sea que no cuenta. Sí, señor: estamos en posición de compararlos con una beatlemanía, pero del siglo XXI.

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En paralelo con el ascendente camino con el que convivían, los excesos y vida nocturna se hicieron cada vez más constantes en la rutina mona. Esto fue plasmado en su primer larga duración, uno de los trabajos con más expectativas en la historia de la música. Así de simple, nene. El gerente de Dominó Records jamás se arrepentirá de haber firmado en su propia casa (era la oficina de la discográfica) el acuerdo por el material. Dejando los números, la guita y la espectacular repercusión mediática que tuvo el venerado disco, se convirtió (hasta ese momento) en el LP debut más vendido de todos los tiempos, en Inglaterra. ¿Qué tul?

“Whatever people say I am, that`s what I`m not” es una bomba, una terremoto inesperado. Es la renovación generacional, es todo lo que pasaba en Sheffield a mediados de década. Ir a un recital de los Monleys era empaparse del under, de las historias de barrio, ponerse en pedo y manejar la resaca como un campeón. ¿Estaban preparados también para tocar en las grandes ligas? ¡Por supuesto!. “Cada vez que decían que una canción nuestra llegaba al número 1 en los Chats nos reíamos, no podíamos creer lo que estaba pasando”, tiró en su momento Jamie Cook, el otro guitarrista.

Recuerdo una de las tantas veces que volvía de mi primer trabajo bajo relación de dependencia y puse Mtv, cuando este canal todavía pasaba música. Lo vi a Alex en llamas cantando “I bet you look”. Dije: “son geniales. Punks, barderos pero sin ser gedes. Las letras son lo mejor”. Venía de escuchar mucho Green Day, Oasis y Nirvana, necesitaba algo nuevo. Le consulté a mis amigos a ver qué pensaban y me bajaron el pulgar: “son una más del montón, no hacen algo nuevo”. La segunda parte de la frase no estaba tan desacertada, pero era cuestión de darles tiempo para que “realmente” explotaran musicalmente. Ya tenían la atención de medio mundo, el resto estaba en camino…

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El tiempo me dio la razón, y a ellos también. En 2007 vio la luz “Favourite Worst Nightmare”, una pesadilla para las “big records”. Dominó ya era parte y responsable del efecto AM y ya no había marcha atrás. El mundo entero estaba a sus pies y el sueño de utilizar internet, las descargas gratuitas en Itunes y el compartir data musical con amigos de una forma tan simple se había convertido en realidad. La filosofía ganar-ganar estaba a la par de las letras de Alex, y por encima de la codicia y el dinero. Ese mismo año vinieron por primera vez a Argentina, momento en el cual Turner reconoció que “cantaban las letras, pero no sé si entendieron mucho acerca de las historias, lugares y anécdotas relatadas en las canciones de Arctic Monkeys”. Si bien se fueron satisfechos con el festejado recital en el Luna Park, esa declaración hizo ruido en algunos medios locales.

Otra de las bisagras para mencionar tuvo lugar entre la segunda joyita y Humbug. Las presentaciones ya dejaron de ser en teatros y bares para pasar a ser cabeza de cartel de varios festivales británicos e internacionales, como por ejemplo el Glastonbury. Dos años entre disco y disco fue una eternidad, si tenemos en cuesta el crecimiento minuto a minuto que venían teniendo los monos. Nuevamente, la paciencia hizo de las suyas: Humbug es un cambio de ritmo total. Cambiaron la estética indie por un look más mod, el sonido pasó a ser post-punk con atmósferas sonoras bien densas y oscuras (por ese entonces casi todos sus integrantes escuchaban Joy Division), en contraposición con el garage-punk divertido de sus inicios.

No todo fue color de rosas en estos quince años de trayectoria. Varias veces han sido criticados por tener un exceso de atención de parte de los principales medios de comunicación, apuntando a NME y a la BBC. ¿Acaso es culpa de AM eso? Todos hemos comprobado la autenticidad y los ideales que tienen a la hora hacer vales lo que hacen o dejan de hacer, por eso fueron seguidos de cerca por la prensa y canales de televisión.

Suck it and see siguió la línea de Humbug, acentuando el buen pasar de esa segunda etapa bien marcada de los Monkeys. Alex ya era un rockstar propiamente dicho y aquel joven indie con cara de virgen ya había quedado sepultada. Matt ya no tenía granitos, y tanto Jamie como Nick (bajista) se habían acoplado a imagen y semejanza de lo que la banda requería como conjunto. AM, el quinto LP (para su renovado público, es el mejor), supuso otra vuelta de rosca. Más pop, con letras románticas, es una de las razones por la cual Arctic Monkeys se convirtió en el gran emblema de esta época.

A la fecha, los cinco larga duración fueron lanzados por una discográfica independiente (Dominó) y jamás dejaron que nadie les cambie una estrofa o una nota musical. Tocaron para los mismos de siempre, se la jugaron cuando debían hacerlo y a la hora de arriesgarse con la propuesta de sonido, quedaron bien parados. ¿Vieron que se puede trascender en tiempos de globalización y desvalorización hacia el artista? Arctic Monkeys puso al Indie en su lugar, y confirmó que se puede llegar a las masas manteniendo la esencia que los define. Tomá, andá a buscarla al ángulo…

Eruca Sativa cruzó un charco de Barro y Fauna

El power trío volvió a Uruguay y presentó su último CD, en lo que fue un viernes de gloria para los liderados por Lula Bertoldi. Crónica de un show perfecto, al palo y con un invitado de lujo…

Nota: Joaquin Vacca

Fotos: Juan Pablo Pomponio

“Entendernos no es casual” reza Paraíso en Retro, una de los mementos más estremecedores del fin de semana furioso que moldeó Eruca Sativa a imagen y semejanza propia. En una experiencia que ya conocían (habían estado en el país hermano anteriormente), esta vez dieron uno de los mejores recitales de la gira que lleva por nombre el último y genial LP Barro y Fauna, editado en noviembre del año pasado.

De Pe a pa, Lula, Brenda y Gaby tocaron entero el quinto trabajo discográfico (el cuarto de estudio), y si bien el público charrúa tardó un toque en sacarse la modorra, terminaría las dos horas de set con la piel llena de sudor. Tranquilo nene, ya vamos a llegar a esa parte. Abrepuertas y Armas Gemelas, dos de los estrenos, fueron el preludio de lo que vendría: agite, grandes solos de Bertoldi, punzantes líneas de bajo de Martin y el siempre rendidor Pedernera en los parches.

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Confundiste parece estar dedicada a alguien, aunque con su pegadizo estribillo nos eleva bien alto, al igual que uno de los predilectos de los eruqeros: El genio de la nada. Esta joya pertenece a Blanco (2012), del que también interpretaron la efímera e impulsiva Queloquepasa y el clásico Fuera o más allá. En realidad, lo que pasa es mágico: toquen en Rosario, en el Konex, en Haedo o en La Trastienda de Montevideo (lugar elegido en esta ocasión), los cordobeses transmiten la misma energía, esa de la cual uno no puede escapar. Lo dijo un amigo mío hace unos años y por suerte le creí: será una banda que marque la escena alternativa actual. ¡Y que acertado estaba el pibe este!

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Despiertate, nena con el gran David Lebon como invitado (el experimentado músico puso de rodillas a Lula, imaginen lo groso que es), y el cover de Corazón Delator en modo 3.0 (los arreglos técnicos son un sello característico del trío) adornaron el principio de esa segunda mitad, nutrida de clásicos al por mayor. Imposible no emocionarse en Justo al Partir (recordé a mi hermano y a tantos amigos que no están), la cual a priori pareciera ser trágica, pero que con su lema “felicidad no es premio, es consecuencia de vivir” resume la búsqueda interna de los que quieren triunfar en la vida, sin importar a donde vayamos a parar. Ya sabemos que la muerte está, lo que debemos hacer es vivir al máximo cada momento, y créanme que este fue uno de ellos.

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Para coronar una velada de la puta madre, la catarata de piñas vino de la mano de Nada Salvaje, Tarará, Magoo e Inercia. Una Lula excelsa, dejando la viola ASÍ de chiquita, fue la frutilla del postre. La manija para el Luna Park, lejos de calmarse, se agrandó a grandes dimensiones. Al igual que el corazón, que no sabe como aguanta, pero aguanta siempre a esa batalla de emociones que libera Eruca Sativa cada vez que se presenta.  

Los Redondos: El despegue definitivo.

Hacia 1989 la escena del rock nacional estaba en un gran dilema. Todavía con la nostalgia de la seguidilla de decesos de grandes ídolos domésticos (Luca-Abuelo-Moura), dos bandas ya eran nombre propio dentro del circuito argento. Soda y Los Redondos tenían su propio público, bien definido y con la rivalidad iniciada pero no en su estado de ebullición.

1989 serían un gran año para Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. No sólo porque lanzaron “¡Bang! ¡Bang! Estás Liquidado” y tocaron por primera vez en Obras, sino porque, dentro de sus múltiples procesos de reinvención, encontraron en ese pasaje tal vez el más importante: dar el salto definitivo a las masas. Faltarían un par de años para que la “cultura ricotera de cancha” se cristalice (a partir de “La mosca y la sopa”), pero este paso fue vital para aquello sucediera. ¿La clave? Los riffs de Skay, letras cada vez más jugadas del Indio, manteniendo el culto de siempre y arrastrando la capacidad para generar canciones que peguen en todos lados pero que no carezcan de poesía palpable y elaborada.

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Es cierto, mucho ayudó lo hecho anteriormente. El culto y la oscuridad en “Oktubre” y los hitazos de “Un Baion para el ojo idiota” no son sopa. Con claras influencias de rock and roll (“Nadie es perfecto”), dardos directos a los milicos y la represión (“Héroe del wisky”, “Ropa Sucia”, “Nuestro amo juego al esclavo”), y otras gemas de doble interpretación (“Rock para los dientes”, “Maldición, va a ser un día hermoso”), Bang Bang no tuvo el éxito comercial de su predecesor, pero con el tiempo ganó un lugar de preferencia entre los seguidores de la banda platense. Incluso, varios lo tienen como su favorito, por arriba de los mencionados Oktubre (1985) y La Mosca y la Sopa (1991), tal vez las dos grandes bisagras para el público en general.

Teniendo varias ofertas para grabarlo por parte de empresas poderosas, Los Redondos decidieron mantener el perfil de independiente y seguir el camino de la autogestión, que tantos frutos les había dado. Grabado en el estudio Del Cielito y lanzado el 7 de abril de 1989, es considerado uno de los larga duración más importantes de la historia del rock nacional por parte de la prensa musical.

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Además sirvió para consolidar la formación clásica de Los Redondos: Carlos Solari en voz, Skay Beilinson en guitarra, Semilla Bucciarelli en bajo, Walter Sidotti en Batería y Sergio Dawi en saxofón. Lito Vitale estuvo como invitado en el disco aportando en teclados, mientras que nuevamente (como era costumbre) el gran Rocambole se ocupó del arte de tapa. Inspirado en un cuadro de Goya, modificó la escena insertando a miembros de la Cruz Roja en lugar de soldados que estaban fusilando.

Lo que vendría después de Bang Bang, ya a inicio de la otra década, sería la cresta de la ola en materia de ventas y popularidad. Con los ultra rotados “Un poco de amor francés” y “Mi perro dinamita”, PR llegó a todas las radios del país e inició la etapa más convocante que se haya conocido hasta el momento, sólo comparable con… Soda. Todo desde el boca en boca, de hecho el Indio y los suyos fueron precursores de esa técnica contracultural.

Viejos Verdes despidió el año en Gier Bar

El grupo de hard-rock y garage tocó en Colegiales y se pone a punto para grabar su primer LP en 2017.

Por Joaquín Vacca

Fotos: Ricitos de Oro

Caminando por Alvarez Thomas, cruzando Lacroze, y acercándose hacia el lado de “las seis esquinas” se escuchaba cada vez más fuerte el ruido que provenía desde Gier, un lugar que se convirtió en un pequeño pero clásico pub para las bandas under. La madrugada del sábado fue testigo de cómo “Viejos Verdes”, un poker conformado por Jorge Eduardo Acedo (voz), Ramiro García (guitarra), Lucas Pañale (bajo) y Ale Maciel (batería) realizó un breve pero contundente listado de canciones para su círculo íntimo.

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Con una base de hard-rock, pueden fluctuar también entre el funk y hasta el reggae. Con influencias claras de ídolos nacionales, destilan ese espíritu garage, que no necesita de una perfección sonora para ser auténtico.

“De mi” y “Libertad” abrieron pasada la una de la mañana, mientras que el primer “guiño” hacia una de las bestias de nuestras tierras llegó con “Haciendo cosas raras”, cover de Divididos. La oscuridad y melancolía en “La lluvia” (incluida en el demo que grabó la banda), fue de lo mejor del recital, el cual recordó a uno que es sinónimo de rocanrol: “Sin Hilo” revivió por un rato al “Bocha” Sokol . La pegadiza “Lulu” cerró el show y también el año de Viejos Verdes. Su gente ya está ansiosa para que salga el larga duración en los próximos meses…

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Soda Stereo: la conquista de América

Veníamos presentando todos discos “gringos”, así que es buena hora de recordar un discazo de una banda emblema de estos pagos…

Cuando uno menciona “Doble Vida” (1988), cuarto álbum de Soda Stereo, rápidamente lo asocia a la fructífera época de los 80, donde “esos raros peinados nuevos” y las “bandas maquilladas” revolucionaron la escena del rock nacional, con el punto máximo reflejado en el trío porteño y en Virus.

Pero poco tiene que ver este disco con el ambiente pomposo que predominó esos años: luego del éxito rotundo de “Signos” LP que los llevó por toda América y les dio un salto de calidad con el recordado show en Viña del Mar al año siguiente, Cerati y compañía le dieron un giro considerable al sonido de Soda, y varios factores explican porque les resultó tan exitoso ese cambio tan fundamental como necesario.

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Luego de finalizar la mencionada gira (llamada “Ruido Blanco”), los de Capital se encerraron en el estudio y comandados por el músico y productor portorriqueño Carlos Alomar (Cerati lo conoció de casualidad en Nueva York), se empezó a gestar uno de los discos clave del rock nacional. Alomar era en ese entonces uno de los músicos más respetados: Bowie, Iggy Pop, Jagger y Mc Cartney trabajaron con él. Hasta Alberto Onahian, productor ejecutivo de Soda, admitió que el plan del centroamericano se plasmó de forma brillante y eficaz, digna de uno de los mejores del mercado.

“Doble Vida” es el segundo disco de la banda en ser grabado en USA (el primero fue su álbum homónimo y debut), el primero en tener éxito en Norteamérica, terreno impenetrable hasta ese entonces para cualquier grupo Latinoamericano. Además, fue el primer EP de una banda “latina” en incluir una canción rap (participación de Alomar), pero más allá de los números, fue la visagra fundamental en el recorrido musical de la banda que completaban Zeta Bosio en bajo y Charly Alberti en batería. Fue el inicio del ciclo de “madurez” de Soda, alejándose del synth pop y la new wave para sumergirse en ritmos afroamericanos, el funk, soul y el R&B.

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Impulsado por hits como “En la ciudad de la furia” y “Lo que sangra (la cúpula”, “Doble Vida” fue todo un éxito y los hizo recorrer todo el continente americano, marcando la consagración definitiva de Soda. A la ya mencionada multiplicidad de género, se le agregó una interesante y atractiva temática en las letras de Gustavo, que hablaban del amor, el sexo, el precio de la fama y de lo tabú. Obviamente, todavía se vislumbran influencias de The Police, Joy Division y Talking Heads, entre otros artistas que tanto marcaron el rumbo de Soda Stereo a mediados de la década de 1980.

Lanzado 6 días antes de la primavera de 1988, el disco se divide en dos lados, A y B. En el segundo figura otra joyita de la leyenda del rock nacional: “Corazón delator” (luego adaptada a formato orquesta). la canción está basada en la novela de Edgar Allan Poe, de mismo nombre.

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“Día común / doble vida” es otro de los puntos altos del álbum, en donde se ven claramente las nuevas influencias “negras”, así como en “el ritmo de tus ojos” y “los languis”. Casi todas las canciones fueron escritas exclusivamente por Cerati salvo por “En el borde”, además co-escrita junto a Alomar, Bosio y Richard Coleman.

Luego del éxito y la consagración definitiva de “Doble vida”, Soda seguiría su consolidación de la mano de “Canción Animal” (1990), obra cumbre de la banda pop-rock…

Bad Religion: la receta del éxito

Dicen que el 7 es el número de la suerte, el del buen destino, el del “nada malo puede pasar”. Bueno, como ustedes sabrán en el punk no existe lo supersticioso y menos en la ideología de Bad Religion, la banda liderada por Greg Graffin…

Hacia 1993, los muchachos de Los Angeles se encontraban en una etapa “experimental”: con su sexto disco de estudio “Generator” habían incursionado en breves lapsos de folk y country, algo impensado en épocas de “Suffer” o “No Control”. Siguiendo la línea de “ablandamiento” del punk, vigente durante toda la década y mal caratulada como “resurgimiento” del mismo, dieron el primer paso hacia la popularidad, camino del cual casi nunca se desviaron y el cual venían tanteando desde hace unos años. En fin, el séptimo trabajo, discutido por muchos críticos y seguidores, se llamó “Recipe for Hate” y fue lanzado al mercado el 4 de junio de 1993, a un mes del día de independencia en USA. Ellos afirman que siempre la tuvieron (musical y discográficamente hablando), pero debieron convencer durante los siguientes años a varios sectores de la escena del punk rock, que los tildaron de “mainstream, vendidos y mansos”, a partir del disco en cuestión…

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Grabado en Wesbeach Recorders, Hollywood, California, Recipe for Hate es crudo pero también tiene momentos para calmar la cabeza y dejar de lado la bronca y la rabia que caracteriza al punk y al hardcore. Man on a mission y Struck a Nerve dan cuenta de ello, más allá de tener un tinte melancólico. La temática del disco se centra en algo casi obvio para la época: la guerra (all good soldiers, wath it die, donde colabora Eddie Vedder en voces), la soledad (struck a nerve), el auge del capitalismo (american jesus)…

Bad Religion empezó a sonar cada vez más en las radios y no dejaba de ser extraño: no era una banda de temas exitosos en sus discos, pero con “Amercan Jesus” y “Struck a Nerve” como canciones escuchables par el público común y un sonido más amigable y pulido, los angelinos se encontraron en un escenario incómodo: como lidiar con todo lo que uno criticó durante años? Inevitablemente es imposible hacerse totalmente enemigo del sistema…

Así y todo, Epitaph Records fue el sello encargado del lanzamiento de “Recipe for Hate”. Su dueño es Brett Gurewitz, uno de los cerebros del grupo, y eso habla del compromiso que siempre han tenido los BR a la hora de no trabajar con multinacionales y darle lugar a otras bandas para lanzar sus trabajos por medio de Epitaph.

Otra de las cosas interesantes de “Recipe for Hate” es que varios medios, tanto escritos como audiovisuales se arrancaron los pelos por rotular al disco: lo llamaron desde hardcore-punk, punk-rock y hasta ¡rock alternativo! Lo cierto es que la formación completada en ese entonces por Greg Hetson (guitarra), Jay Bentley (najo y coros) y Bobby Schayer (batería) nunca buscó encaminarse por un sólo camino o género musical, algo que sí practicaba en sus primeros años, en plena época hardcore.

Si bien fue el último álbum bajo Epitaph hasta su regreso a dicho sello en 2001, a lo largo de los 90 Bad Religión intentó hacerse fuerte en un entorno de mucha competencia: hacia 1994 Nofx, Green Day y Offspring ya eran una realidad, y tocaban en todos lados, y varios de los “veinteañeros” que escuchaban BR se habían volcado para el lado de los “nuevos pukies”.

La recepción del álbum al momento del lanzamiento fue moderada, pero con el correr de los meses y la alta rotación de los singles en Mtv (otra de las críticas de los seguidores de la “vieja escuela”), las ventas crecieron y la posterior gira por toda Norteamérica revalidaron el esfuerzo que habían realizado.

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Podrá parecer un disco “menos rebelde”, o “más sano para los oídos”, items no aptos para el punkrocker medio. Pero tiene ese espíritu de lucha, el sonido y las guitarras aplastantes y unas letras tan profundas como geniales. Con sólo eso alcanza para afirmar que “Recipe for Hate” sigue siendo uno de los grandes discos de Bad Religion, y del punk en general, en tiempos en los cuales ya se empezaba a extinguir como género y como forma de vida…

David Gilmour: Con las mismas ganas

Los genios no se discuten, y David Gilmour es uno de ellos. Suficiente mérito carga sobre sus espaldas este señor de 69 años, a quien el rock le rinde, aún hoy, pleitesía.
Si bien sus últimos dos años no han sido los mejores en cuanto a cosechas de críticas, nada pero nada amenaza su corona tan merecida. Resulta que el disco de Pink Floyd editado el año pasado, “The Endless River”, resultó una gran decepción para aquellos que cometieron el error de sembrar grandes expectativas al respecto. Era un disco con lados de B del que fuera el último trabajo de la banda “The Division Bell”. ¿Por qué iban a esperar un nuevo “Wish you Were Here” o “Dark Side of the Moon”?
En lo que respecta a la carrera de Gilmour solista no podemos hablar demasiado. Sólo cuatro discos ha editado, y en espacios amplios de tiempos, por lo cual tampoco podemos hablar de procesos comparables entre sí. Su último trabajo, “On an Island” data de nueve años atrás, por ejemplo.
Sin embargo, desde el año pasado Gilmour parece encontrarse musicalmente inquieto. Y tras haber editado el disco de Pink Floyd que mencionábamos antes, no conforme con sus críticas, y lejos de amilanarse, Gilmour redobló la apuesta y le puso su cuerpo y su firma. Así sale a luz “Rattle that Lock”, un disco con un gran sonido, de momentos muy altos y, como siempre, con una guitarra impecable.

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Una muestra resulta la intro instrumental que abre el disco llamada “5 A.M.”. Un tema con slide de guitarra que todo aquel que conoce de Gilmour encuentra en cada uno de sus trabajos. En “On a Island” resultó “Castellorizon”, por ejemplo. En “The Division Bell” Marooned”, y podríamos seguir nombrando. Ocurrirá con la canción “Beauty” algo similar. Otro instrumental que se encuentra a la mitad del disco, o la canción que cierra esta placa: “And Then…”
Lejana en el tiempo quedó la segunda canción del disco, que da nombre al mismo, “Rattle That Lock”. Aquí nos remontamos al pop de los 80’s, y un bajo que rememora la época más disco, con estribillo pegadizo incluido. No se trata de Barry White, aunque así semejara el intento.
La canción “Today” retoma esta línea de los ochentas. Sorprende a los más floydeanos, pero seduce a otros públicos, más nostálgicos de aquellos años. Vale destacar que en estos abruptos cambios de sonido, quienes saben lucirse son los músicos que acompañan a Gilmour, que se adaptan con gran calidad: Guy Pratt en el bajo, Bob Close (sí, el mismo histórico) en segunda guitarra y en la batería Andy Newmark.
Otra licencia que Gilmour se toma, ocurre en “The Girl in the Yellow Dress”, cuando incurre en la canción jazz. Con trompeta y todo, Gilmour se pone el saco de Sinatra y parece cantar para desvelados en un salón. No es malo el intento, sí vuelve a sorprender a más de uno, y ¿qué podemos decirle a este señor? Tiene todo permitido.
Por suerte para este nuevo trabajo aparece “Faces of Stone”, un tema con un piano delicioso que da inicio a la canción, una guitarra acústica que consigue las más sinceras lágrimas, y la voz cadenciosa de Gilmour que nos remonta a los mejores años de Pink Floyd, más si tenemos en cuenta que muchas partes de piano fueron tomadas de grabaciones que quedaron de Richard Wright (tecladista de Pink Floyd fallecido en 2008).
Aunque pase desapercibido, en esta canción aparecen nuevos arreglos, al menos para lo que a priori podíamos prever. Juegos de órgano, ambientación y un solo de guitarra que refleja que los años a Gilmour no le afectan en lo más mínimo.
“A Boat Lies Waiting” resulta una grata reunión de amigos. Aquí se reencuentran David Crosby y Graham Nash con David Gilmour para dejar una canción emotiva. Digna de viejos socios, que se juntan pare rememorar viejos tiempos y de paso “se tocan algo en el piano”.
En este trabajo la composición de las letras estuvo a cargo de la fiel compañera de vida de Gilmour, Polly Samson. Y el nombre del disco surge de un poema de John Milton. En la producción continúa otro histórico como es Phil Manzanera, eterno compañero de Gilmour en sus proyectos. Por su parte la tapa del disco, brillante por cierto, estuvo a cargo de Dave Stansbie, que trabajó bajo la dirección de un histórico más, Aubrey Powell.
“Rattle That Lock” fue grabado en el estudio “Medina” de Brighton, al igual que en el barco Astoria. Donde también fue realizado “On a Island”.
Reservamos lo mejor para el final, y hay que celebrar “In Any Tongue”. Un tema que se camufla muy bien entre la discografía de Gilmour, que coquetea con un estilo similar a “High Hopes” (canción que cerraba “Division Bell”), buscando ese éxtasis combinado entre la letra y la música, pero que lejos de repetirse, refresca. Y por favor, amantes de la guitarra, no se pierdan el solo que Gilmour regala al cierre de esta canción. Sólo por eso, todo esto vale la pena. Gracias maestro.

Ought: Rapidos sí, pero no improvisados

Se ve que los chicos de Ought tienen sus pies puestos en un acelerador, el tiempo es algo de lo que no quieren prescindir. En tres años de banda, editan en este 2015 su segundo trabajo “Sun Coming Down”. Amantes de lo breve, otra vez editan un disco de ocho canciones y 41 minutos.
En su primer trabajo, “Mora than Any Other Day” habíamos hablado de la fuerte influencia que estos cuatro músicos de Montreal tenían de Talking Heads. Ahora ellos lo contestan a todas las críticas con una flagrante tapa de “Sun Coming Down” que es un guiño a la placa que consagró a los Talking Heds; “Remain in Light”. Todo un mensaje y un quizás… ¿Un anhelo de consagración propio?
Musicalmente este segundo disco resulta más ameno que su antecesor. Ya no están obsesionados con la muerte y el libro “White Noise” de Don DeLillo. De todas formas las letras siguen ocupando un importante plano, aunque la riqueza de Ought sigue estando en la versatilidad de sus músicos.
Para empezar, antes de ahondar en los detalles, vale aclarar que el disco resulta monótono. Pero no siempre hay que entender a la monotonía de manera peyorativa. En la repetición de acordes, frases y climas, nace también el suspenso, la intriga y permite a su vez, la introspección. Darcy, May, Stidworthy y Keen así parecen pretenderlo.

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“Excuse me, is that a window?
Do you have a line?
Shake it, shake it, shake it down tonight”

¿Manifiesta apología a las drogas? Un poco puede ser… Pero es, ante todo, un pasaje por el tema inicial: “Men for Miles”. La canción más Post Punk de todo el disco. Aquí la banda sostiene la carta de David Byrne que resaltan en la tapa del disco, sin por esto cerrar otras puertas del género Post Punk, en el que se zambullen. La canción nada también en otras aguas, viajando en el velero que resulta la guitarra de Tim Darcy, que desafina con una sutileza exquisita, y termina ésta misma canción recordando a los Sonic Youth de la época de su disco “Sisters”.
“I don’t know why do I become when I/ Hang my head and cry out” repite (retomando la premisa que advertíamos al inicio) Darcy en la canción “Passionate Turn”. El complejo de personalidad vuelve a aparecer en los “Ought”. Lo cual tiene su lógica, su nombre traducido quiere decir “debiera”. Un verbo condicional, que presupone cierta inseguridad. Más allá de que a ellos se los ve muy seguros respecto a las riendas con que llevan éste proyecto.
“The Combo” saca a la luz el lado más beligerante de los Ought. Y muestra a un Darcy hiperactivo, una guitarra que no deja nunca de sonar y una boca que se llena de palabras que escupe al verse desbordado.
No falta la profanación en “On the Line”, donde Darcy recita “Ave María, I’m your dog”. Por suerte estamos en el siglo XXl y ya no se censuran temas por estas nimiedades. Darcy aquí busca plantear la lucha que se da entre lo que se nos ofrece, y lo que nosotros realmente anhelamos y necesitamos. Subrepticiamente el teclado de May genera climas increíbles tras la voz de Darcy, previo al estribillo explosivo.
“Celebration” es otro tema interesante. Con un sonido chirriante por momentos, y una voz monocorde y repetitiva de Darcy que juega un poco a ser Ian Curtis. Y es en consecuencia, el tema más cercano a los Joy Division.
Lo mejor siempre queda para el final, y nos reservamos el tema “Beautiful Blue Sky”, de lo mejor del disco. “I’m no longer afraid to die /Cause that is all that I have left” canta Darcy, y algo tan obvio resulta revelador. Quizás en esto se sustenta la fe de ésta banda, que sin manifestarlo parecen saber que mucho tienen por delante.
Una vez más grabaron para el sello Constellation, que los tiene a bien traer. Si bien el disco es austero en su duración (sólo unos 40 minutos), Ought parece no perder el tiempo y mucho menos desperdiciar sus vivencias, muchas de ellas nuevas todavía para ellos.
“Remain in Light” fue un disco crucial para los Talking Heads. Totalmente novedoso en sus efectos e innovador en sus sonidos. Desde ya pretender este efecto editando un disco en 2015 no tiene sentido alguno. Sin embargo “Sun Coming Down” es para Ought un paso importante. El tiempo dirá si ésta será la placa más recordada o no… Pero como tiempo les sobra a estos cuatro muchachos de Montreal, no son controversias que merezcan la atención.

The Libertines: Destrozados un poco, pero implacables

Para muchos la última banda del brit pop, para otros el último vestigio de punk en Gran Bretaña. Lo cierto es que la vuelta de “The Libertines” once años después de su último trabajo homónimo, es de por sí una grata noticia.
“Anthems For Doomed Youth” (himnos de una juventud destrozada) resulta acertado ya desde el nombre. Si hay algo que éstos muchachos han hecho con sus años dorados, en especial Pete Doherty, ha sido devastarlos. Adicciones cuantiosas, reviente y escándalos con modelos, han llenado titulares en todos los diarios de Gran Bretaña. Y era lógico, el rock se había calmado mucho, necesitábamos de éstos muchachos para salpicar un poco de licor barato a la escena de rock and roll.
Los dos primeros discos (y únicos hasta este 2015) fueron muy alentadores respecto al devenir de ésta banda. Pero no pudieron ir más allá, por nadie más que ellos mismos. Doherty particularmente entró en una andanada de autodestrucción que amenazó más de una vez con costarle la vida. Y no hay reviente que no termine en pelea. Ya cansados el uno del otro, Doherty y el otro pilar de la banda, el guitarrista Carl Barât dieron por terminado a The Libertines, tras reiteradas discusiones.
Doherty, Su intento de remontar su tan desprestigiado talento compositivo, encontró resguardo en un proyecto llamado “Babyshambles”. Que si bien tuvo sus momentos de brillantez, nunca logró opacar lo logrado con The Libertines, y luego de tres discos dijeron adiós. En el medio editó su trabajo solista, junto con el guitarrista de Blur Graham Coxon, llamado “Grace/Wastelands”.
Por su parte, el otro pilar de la banda, Carl Barât siguió un camino similar. Intentó también, sin éxito, sepultar a los Libertines con el proyecto “Dirty Pretty Things”, donde participó también el baterista Gary Powell. Editó un trabajo solista al que bautizó con su propio nombre. Así y todo, el camino exigía la reconciliación con Pete Doherty.
Caminos similares en ambos lados, obligaron a que éstos, todavía jóvenes, ingleses se sentaran a hacer las paces, y pensar en el futuro del naufragado barco llamado “The Libertines”. Comenzaron de a poco, dando algunos shows y viendo que sucedía entre ellos. Eso parece que anduvo bien, ya con ese examen aprobado volvieron a juntarse en un estudio.
El estudio escogido iba a ser a unos cuantos kilómetros de Gran Bretaña, bien lejos de cualquier inconveniente, o fantasma del pasado, que pueda volver a aparecer. Se fueron hasta Tailandia, al estudio “Karma Sounds”. El productor escogido fue Jake Gosling, polémico para muchos por sus recientes trabajos en bandas pop como One Direction o Ed Sheeran.
Antes de adentrarnos en el análisis de las canciones vale aclarar que los años no han transcurrido en vano para Doherty y Barât (principales compositores). Es un disco muy maduro, con buena instrumentación y un trabajo en las letras, que si bien siempre fue una virtud, en ésta caso sobresale.

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La canción que abre este álbum de reencuentro es “Barbarians” resulta muy acertada como apertura, porque es el lado más pop del disco, más ameno. Una canción que invita a seguir escuchando, sin mostrar del todo las armas que se están guardando para más adelante.
Distinto resulta “Gunga Din” segundo tema. El nombre corresponde a un poema de Rudyard Kipling, donde un soldado birtánico es salvado por un nativo que le vierte un agua que cura sus heridas. Y de ahí la frase “Tú eres mejor hombre que yo, Gunga Din”. En este caso, la interpretación que hacen los Libertines de éste poema es esclarecedor: “Me desperté otra vez
Soñe con Gunga Din”, y en el estribillo arrementen: “El camino es largo
Si aguantas, eres mejor hombre que yo”
La canción habla sobre lo monótona que puede tornarse la vida, y los problemas que esto acarrea al arte. Doherty nos cuenta, por medio de su canción, que entre tanta monotonía no puede componer nada, y eso hace que ya no se tolere a sí mismo.
Brillante canción resulta “Gunga Din”, donde queda refleajdo el amor de The Libertines por los poetas. El título del disco “Anthems For Doomed Youth”, y del cuarto tema, no lo hemos comentado antes, pero también es un poema, en este caso perteneciente a Wilfred Owen.
Como canción “Anthems For Doomed Youth”es la primera que contiene una historia de terceros. A modo de cuento relata la historia de un pacto de muerte entre dos jóvenes, tras ir a un pub donde se realizan karaokes.
El clímax llega a continuación con “You’re my Waterloo”. Canción que ya en giras anteriores habían tocado en vivo, pero que injustamente no había sido incluida en ningún trabajo. Además de la novedad del piano, conviven también arreglos de cuerdas y un clima íntimo que invita a introspección. Toda una balada de amores frustrados por las adicciones. Aquí las citas no apuntan a la literatura, sino que al cine. Canta Doherty en el estribillo:

“But you’re not Judy Garland
Oh just like me
You’ve never really had a home
Of your own
But I’m not Tony Hancock, baby
Until the day”

“Iceman” es otra canción interesante. Bajan un poco la velocidad de los temas anteriores, las notas de Barât marcan un tempo muy particular para aquellos que conozcan a la banda de sus años anteriores. Aquí Doherty relata la historia de una pareja de jóvenes, aunque se torna autobiográfica en el estribillo, que se narra en primera persona: “I’ve spent my days in the haze with the iceman”.
“Hearts of the Matter” nos recuerda a los primeros años de “Ups the Bracket”, y está bien para todos aquellos que desconozcan de que iban los Libertines quince años atrás. Así ocurre también con “Fury of Chonburi”.
La unión de ésta banda, luego de tantas turbulencias queda reflejado en “The Milkman´s Horse”. Una canción que vuelvo al tempo más pausado, con un comienzo casi en acapela de Doherty, pero que encuentra las voces de los cuatro músicos en el estribillo, donde el tema alcanza su máximo éxtasis. Puede tornarse más pop, pero siempre siendo los Libertines, lo cual ya es un decir.
Sin embargo, en un disco donde el clima es más alentador, el cierre rompe con todo eso. “Dead for Love” muestra el lado más desesperanzador de Doherty. “And everything he ever did, He only ever did for love” y sin embargo, él está muerto por amor. Con coros de fondo, el cuerpo de Doherty parece llevado en una caravana nupcial. Pero es cierto, hay mucho de amor en todo esto. Sobre todo en éste último trabajo.
Muy digno retorno, necesario además. En muy buena forma regresan los libertinos de Londres. La pluma de Doherty está afilada, como así también la guitarra Barât. Entrar a discutir si supera no a sus trabajos anteriores no tiene sentido alguno, “Anthems For Doomed Youth” es otro disco de la misma banda. Once años pasaron, mucho licor y crack también, pero estos muchachos parecen aprender de los errores, y superarse tras cada caída.